July 4, 2026 Estrategia
¿Por qué algunas empresas pueden adaptarse a la jornada de 40 horas y otras no?
La discusión sobre la reducción de la jornada laboral en México ha llevado a muchas organizaciones a hacerse la misma pregunta: ¿estamos preparados para operar con menos horas de trabajo? En los últimos meses, la conversación se ha centrado principalmente en el impacto económico que podría tener la transición hacia una jornada de 40 horas semanales. Para muchas empresas, la primera reacción ha sido calcular cuántas horas dejarán de estar disponibles y cuántas personas adicionales será necesario contratar para mantener el mismo nivel de operación.
Aunque esa preocupación es comprensible, también puede conducir a una conclusión apresurada. La experiencia demuestra que el verdadero impacto de una reducción en la jornada laboral no será el mismo para todas las organizaciones. Algunas lograrán adaptarse con cambios relativamente menores, mientras que otras enfrentarán un aumento importante en costos, retrasos operativos y presión sobre sus equipos. La diferencia no dependerá únicamente del número de horas disponibles, sino de la manera en que esas horas se utilizan actualmente.
Durante años, muchas empresas han logrado cumplir sus objetivos gracias al compromiso y esfuerzo extraordinario de sus colaboradores. Horas extra, jornadas extendidas, reuniones fuera de horario o la disponibilidad permanente de ciertos empleados se han convertido en mecanismos para compensar problemas que poco tienen que ver con la capacidad real de la organización. Cuando el tiempo disponible disminuye, estas soluciones dejan de ser sostenibles y comienzan a hacerse visibles ineficiencias que ya existían desde mucho antes.
Por el contrario, existen organizaciones que llevan años invirtiendo en mejorar sus procesos, eliminar actividades innecesarias, definir responsabilidades con claridad y facilitar la coordinación entre áreas. Estas empresas probablemente también enfrentarán retos, pero cuentan con una ventaja importante: una parte mucho mayor de su tiempo ya está dedicada a actividades que realmente generan valor para el cliente y para el negocio.
La reducción de la jornada laboral, por lo tanto, no debe analizarse únicamente como un cambio regulatorio. También representa una oportunidad para evaluar la forma en que una organización trabaja, toma decisiones y utiliza su capacidad operativa. Más que preguntarse cuántas horas desaparecerán de la semana laboral, conviene preguntarse cuántas de las horas actuales realmente contribuyen a producir resultados.
Responder esa pregunta cambia por completo la conversación. En lugar de enfocarse exclusivamente en el costo de la reforma, las empresas pueden comenzar a identificar oportunidades para mejorar su productividad, simplificar su operación y fortalecer su competitividad. En muchos casos, existe una capacidad considerable que hoy permanece oculta detrás de procesos poco eficientes, tareas repetitivas o prácticas que simplemente se han mantenido por costumbre.
La misma reforma, impactos completamente distintos
La posible implementación de la jornada laboral de 40 horas ha generado una preocupación legítima entre empresarios y directivos. Sin embargo, asumir que todas las organizaciones enfrentarán el mismo nivel de dificultad sería un error. La realidad es mucho más diversa. Mientras algunas empresas absorberán el cambio prácticamente sin modificar su estructura, otras experimentarán incrementos significativos en costos, presión operativa y dificultades para mantener sus niveles de servicio.
Incluso dentro de una misma industria pueden observarse diferencias importantes. Dos empresas manufactureras con un número similar de colaboradores pueden reaccionar de manera completamente distinta. Una de ellas mantendrá su productividad con pequeños ajustes en la programación de turnos, mientras que la otra necesitará contratar personal adicional para cumplir con sus compromisos de producción. Lo mismo puede ocurrir en empresas de logística, cadenas de retail, organizaciones de servicios profesionales o centros de atención al cliente.
¿Por qué sucede esto? Porque el tiempo disponible es únicamente una parte de la ecuación. La verdadera diferencia radica en la capacidad que tiene cada organización para transformar ese tiempo en resultados.
Pensemos, por ejemplo, en una empresa donde las reuniones ocupan varias horas cada semana sin que exista una agenda clara o decisiones concretas al finalizar. O en una organización donde una solicitud de compra debe pasar por cinco niveles de autorización antes de ser aprobada. También es frecuente encontrar equipos que dedican buena parte de su jornada a corregir errores, actualizar múltiples reportes con la misma información o esperar respuestas de otras áreas para poder continuar con su trabajo.
Todas estas actividades consumen tiempo, pero aportan poco valor al cliente o al negocio. Mientras las jornadas laborales eran más amplias, muchas organizaciones absorbían estas pérdidas sin percibir claramente su impacto. Cuando la disponibilidad de horas disminuye, ese margen desaparece y la ineficiencia comienza a reflejarse directamente en la operación.
En contraste, las empresas que ya habían simplificado sus procesos probablemente descubrirán que la transición es mucho menos compleja de lo que imaginaban. Sus equipos dedican una mayor proporción de la jornada a actividades productivas, los procesos fluyen con menos interrupciones y la toma de decisiones ocurre con mayor rapidez. Aunque también deberán realizar ajustes, partirán de una posición considerablemente más favorable.
La paradoja es evidente. La misma reforma laboral puede representar un reto manejable para una organización y una crisis operativa para otra. La diferencia no está en el texto de la ley, sino en el nivel de eficiencia con el que cada empresa venía trabajando antes de que la reforma entrara en la conversación.
Por ello, el verdadero riesgo no consiste únicamente en trabajar menos horas, sino en seguir desperdiciando una parte importante de las horas que ya se tienen disponibles. Una organización que hoy pierde diariamente tiempo en actividades que no generan valor difícilmente podrá compensar esa pérdida cuando la jornada laboral sea más corta.
En este contexto, la conversación cambia de enfoque. La pregunta deja de ser “¿cuántas horas perderemos?” para convertirse en una mucho más estratégica: ¿qué porcentaje de nuestro tiempo actual realmente genera valor para el cliente y para la empresa? La respuesta a esa pregunta permitirá anticipar con mucha mayor precisión el impacto real que tendrá la reducción de la jornada laboral.
La diferencia no está en las horas, sino en la productividad
Existe una idea profundamente arraigada en el mundo empresarial: menos horas de trabajo significan menos resultados. A primera vista parece una conclusión lógica. Si una organización dispone de menos tiempo para operar, parecería inevitable que produzca menos, venda menos o atienda menos clientes. Sin embargo, la evidencia demuestra que la relación entre horas trabajadas y productividad está lejos de ser lineal.
La productividad laboral no se mide por la cantidad de tiempo que las personas permanecen en su lugar de trabajo, sino por el valor que son capaces de generar durante ese tiempo. En otras palabras, una organización altamente productiva no es aquella donde las personas trabajan más horas, sino aquella donde una mayor proporción de esas horas está dedicada a actividades que realmente contribuyen a alcanzar los objetivos del negocio.
Esta diferencia es fundamental para comprender por qué algunas empresas se adaptarán mejor que otras a una jornada laboral de 40 horas. Dos colaboradores pueden permanecer exactamente ocho horas en la oficina y, sin embargo, dedicar cantidades muy distintas de tiempo a actividades productivas. Uno puede concentrar prácticamente toda su jornada en resolver problemas de clientes, producir bienes o desarrollar proyectos estratégicos. El otro puede pasar buena parte del día esperando aprobaciones, asistiendo a reuniones innecesarias, buscando información dispersa o corrigiendo errores derivados de procesos mal diseñados.
Desde la perspectiva del reloj, ambos trabajaron el mismo número de horas. Desde la perspectiva de la productividad, los resultados son completamente distintos.
Este fenómeno ocurre con mucha mayor frecuencia de lo que las organizaciones imaginan. En áreas administrativas, por ejemplo, es común encontrar procesos donde la misma información se captura varias veces en distintos sistemas porque estos no están integrados. En departamentos financieros, equipos completos pueden dedicar días a consolidar reportes que podrían generarse automáticamente con mejores herramientas de análisis. En recursos humanos, procesos como el reclutamiento o la autorización de vacaciones pueden alargarse innecesariamente debido a cadenas de aprobación excesivas.
En operaciones sucede algo similar. Cambios constantes en la programación, materiales que llegan fuera de tiempo, información incompleta o una mala coordinación entre áreas generan interrupciones que reducen significativamente la capacidad de producción. Lo mismo ocurre en empresas de servicios cuando los colaboradores deben invertir una parte importante de su jornada buscando información, respondiendo solicitudes repetitivas o resolviendo problemas que pudieron prevenirse desde el inicio.
Lo más preocupante es que estas pérdidas de productividad suelen pasar desapercibidas porque forman parte de la rutina diaria. Las personas terminan acostumbrándose a trabajar de esa manera y asumen que “así funciona la empresa”. Con el tiempo, las ineficiencias dejan de percibirse como excepciones y comienzan a considerarse parte normal de la operación.
Precisamente por eso, la reducción de la jornada laboral puede convertirse en un catalizador para revisar la forma en que trabaja la organización. Cuando el tiempo disponible se vuelve más limitado, resulta mucho más evidente cuáles actividades generan valor y cuáles simplemente consumen recursos sin aportar resultados.
Esto no significa que todas las empresas podrán compensar completamente una reducción en la jornada laboral únicamente mejorando su productividad. Existen industrias con procesos altamente intensivos en mano de obra, operaciones continuas o restricciones regulatorias donde será necesario incorporar personal adicional. Sin embargo, incluso en esos casos, aumentar la productividad sigue siendo una prioridad. Cada hora recuperada mediante mejores procesos reduce la presión sobre la operación y disminuye la necesidad de incrementar costos.
La pregunta correcta, entonces, no es si una empresa trabajará menos horas. La verdadera pregunta es cuánto valor es capaz de generar con cada una de esas horas. Las organizaciones que comprendan esta diferencia dejarán de ver la jornada de 40 horas únicamente como un desafío regulatorio y comenzarán a verla como un incentivo para construir operaciones más ágiles, eficientes y competitivas.
Porque, al final, la productividad nunca ha dependido exclusivamente del tiempo disponible. Depende, sobre todo, de la capacidad de una organización para utilizar ese tiempo de la mejor manera posible.
Las organizaciones que ya operaban con eficiencia tendrán una ventaja
Aunque la reducción de la jornada laboral representa un reto para prácticamente todas las empresas, no todas partirán desde el mismo punto. Algunas organizaciones llevan años fortaleciendo su forma de operar mediante la estandarización de procesos, la mejora continua y una mayor claridad en la toma de decisiones. Para ellas, adaptarse a un nuevo esquema laboral probablemente requerirá ajustes, pero no una transformación radical de su modelo de operación.
La principal característica de estas empresas es que comprenden cómo fluye el trabajo dentro de la organización. Sus procesos no dependen de la memoria de las personas ni de la improvisación diaria. Existen procedimientos definidos, responsabilidades claras y mecanismos para medir el desempeño de manera objetiva. Esto permite que cada colaborador conozca qué debe hacer, cuándo hacerlo y cómo su trabajo contribuye al resultado final.
La estandarización suele asociarse únicamente con la manufactura, pero en realidad aplica a cualquier tipo de organización. Un despacho de consultoría puede estandarizar la elaboración de propuestas comerciales. Un hospital puede definir protocolos para la atención de pacientes. Una empresa de logística puede establecer criterios claros para la asignación de rutas. Incluso áreas como Recursos Humanos, Finanzas o Compras pueden documentar procesos que reduzcan variaciones innecesarias y hagan el trabajo más predecible.
Esta claridad tiene un impacto directo en la productividad. Cuando las personas no necesitan detenerse constantemente para preguntar qué sigue, quién debe autorizar una actividad o cuál es la versión correcta de un documento, el trabajo fluye con mayor rapidez y menos interrupciones. Se invierte menos tiempo en coordinar y más tiempo en ejecutar.
Otro elemento diferenciador es la planeación. Las organizaciones eficientes no operan reaccionando continuamente a las urgencias. Anticipan la demanda, distribuyen adecuadamente la carga de trabajo y establecen prioridades que permiten utilizar mejor la capacidad disponible. Esto no significa que nunca enfrenten imprevistos, sino que cuentan con mecanismos para absorberlos sin que toda la operación entre en crisis.
Un ejemplo frecuente puede observarse en empresas de distribución. Aquellas que realizan una planeación adecuada de inventarios, rutas y horarios suelen responder con mayor facilidad a cambios en la demanda. En cambio, cuando la programación se realiza prácticamente día con día, cualquier modificación genera retrasos, reprogramaciones y horas adicionales de trabajo para recuperar el tiempo perdido.
La velocidad con la que una organización toma decisiones también influye significativamente en su capacidad de adaptación. En empresas con estructuras ágiles, las decisiones operativas pueden resolverse cerca del lugar donde ocurre el trabajo. Los líderes cuentan con criterios claros para actuar y los colaboradores tienen la autonomía necesaria para resolver situaciones cotidianas sin depender de múltiples autorizaciones.
Esto contrasta con organizaciones donde prácticamente cualquier decisión debe escalarse a varios niveles jerárquicos. En estos casos, una solicitud sencilla puede permanecer detenida durante horas o incluso días mientras pasa de un escritorio a otro. El tiempo perdido rara vez aparece reflejado en un indicador financiero, pero afecta directamente la productividad de toda la empresa.
Otro rasgo común de las organizaciones eficientes es que presentan bajos niveles de retrabajo. La calidad se incorpora desde el diseño de los procesos y no únicamente al final. La información se captura correctamente desde la primera vez, las responsabilidades están claramente asignadas y existen controles que ayudan a prevenir errores antes de que se conviertan en problemas mayores.
Cada vez que una tarea debe repetirse porque se realizó incorrectamente, la empresa pierde capacidad para generar valor. Lo que inicialmente parecía un pequeño error termina consumiendo horas adicionales de supervisión, coordinación y ejecución. Reducir el retrabajo equivale, en términos prácticos, a recuperar tiempo productivo sin aumentar la jornada laboral.
La tecnología también suele desempeñar un papel importante, aunque no necesariamente mediante inversiones millonarias. Muchas organizaciones incrementan significativamente su productividad simplemente integrando sistemas existentes, automatizando tareas repetitivas o eliminando registros duplicados. En estos casos, la tecnología funciona como un habilitador de procesos bien diseñados y no como una solución aislada.
Todas estas características generan una ventaja competitiva que cobra especial relevancia frente a un cambio como la jornada laboral de 40 horas. Cuando una empresa ya aprovecha eficientemente la mayor parte de su tiempo disponible, el impacto de una reducción en la jornada suele ser considerablemente menor. No porque tenga más horas para trabajar, sino porque desperdicia muchas menos.
En este sentido, la eficiencia organizacional deja de ser únicamente una herramienta para reducir costos. Se convierte en un factor que determina la capacidad de adaptación de la empresa frente a cambios regulatorios, económicos o competitivos. Las organizaciones que han invertido en fortalecer sus procesos descubren que cuentan con una mayor flexibilidad para responder a nuevos desafíos sin comprometer la calidad de sus productos o servicios.
Las organizaciones con ineficiencias sentirán más el impacto
Así como existen empresas preparadas para absorber cambios con relativa facilidad, también existen organizaciones cuya operación depende de prácticas que consumen una gran cantidad de tiempo sin generar valor. En muchos casos, estas ineficiencias se han vuelto tan habituales que dejan de percibirse como problemas. Sin embargo, cuando la disponibilidad de horas disminuye, comienzan a afectar directamente la capacidad de cumplir con clientes, producir bienes o mantener los niveles de servicio esperados.
Uno de los ejemplos más frecuentes son las reuniones innecesarias. Es común encontrar equipos que dedican varias horas a la semana a sesiones donde no existe un objetivo claramente definido, no participan las personas adecuadas o simplemente se comparte información que podría haberse comunicado mediante otros medios. Lo preocupante no es únicamente la duración de la reunión, sino el costo acumulado que representa para toda la organización.
Una reunión de una hora con diez participantes consume, en realidad, diez horas de capacidad organizacional. Si además requiere preparar presentaciones, recopilar información y realizar reuniones posteriores para aclarar acuerdos poco definidos, el impacto sobre la productividad es todavía mayor. Cuando este tipo de prácticas forman parte de la rutina semanal, una cantidad importante de la jornada laboral desaparece sin generar un beneficio proporcional para el negocio.
Las aprobaciones excesivas constituyen otra fuente importante de desperdicio. En muchas empresas, incluso decisiones de bajo impacto requieren pasar por varios niveles jerárquicos antes de ejecutarse. Cada autorización agrega tiempo de espera, intercambio de correos electrónicos y seguimiento administrativo. Aunque cada paso parezca razonable de manera individual, el efecto acumulado ralentiza significativamente toda la operación.
Este fenómeno suele estar relacionado con estructuras organizacionales donde la confianza se sustituye por mecanismos de control. En lugar de empoderar a los equipos para tomar decisiones dentro de criterios claramente establecidos, las organizaciones crean procesos cada vez más largos para minimizar riesgos. Paradójicamente, este exceso de control termina generando nuevos problemas: respuestas más lentas, menor capacidad de adaptación y una creciente carga administrativa.
El retrabajo representa otro de los grandes enemigos de la productividad. Documentos que deben corregirse varias veces, pedidos capturados con errores, especificaciones incompletas, cambios constantes en los requerimientos o información inconsistente entre distintas áreas obligan a repetir actividades que ya habían sido realizadas. Cada corrección consume tiempo que podría destinarse a generar nuevo valor.
En una empresa de manufactura, por ejemplo, un error en la liberación de una orden de producción puede detener una línea completa mientras se realizan ajustes. En una firma de servicios, un contrato elaborado con información incorrecta puede requerir múltiples revisiones antes de enviarse al cliente. En ambos casos, el problema no es únicamente el error inicial, sino todas las horas adicionales que la organización debe invertir para solucionarlo.
La dependencia de personas clave constituye otra señal de alerta. Muchas empresas operan gracias al conocimiento acumulado por unos cuantos colaboradores que conocen todos los detalles del negocio. Son quienes saben cómo resolver excepciones, dónde encontrar determinada información o cómo coordinar procesos que nunca fueron documentados. Aunque estas personas resultan fundamentales para la operación, una organización excesivamente dependiente de ellas se vuelve frágil.
Cuando alguno de estos colaboradores se ausenta por vacaciones, enfermedad o simplemente cambia de empleo, comienzan a aparecer retrasos, dudas y cuellos de botella. El conocimiento deja de estar en la organización para concentrarse en individuos específicos, reduciendo la capacidad de respuesta del resto del equipo.
La falta de coordinación entre áreas también consume una enorme cantidad de tiempo sin que muchas empresas sean plenamente conscientes de ello. Ventas promete fechas que Operaciones no puede cumplir. Compras desconoce cambios en la programación de producción. Finanzas solicita información que ya existe en otro sistema. Recursos Humanos recibe solicitudes urgentes que pudieron planearse con semanas de anticipación.
Cada desalineación genera nuevas reuniones, correos electrónicos, llamadas y actividades de seguimiento. Ninguna de ellas agrega valor para el cliente, pero todas consumen recursos organizacionales. Conforme estas situaciones se acumulan, la empresa necesita dedicar cada vez más tiempo simplemente para coordinar su propia operación.
Lo más relevante es que ninguna de estas ineficiencias aparece de un día para otro. Son el resultado de procesos que crecieron sin rediseñarse, responsabilidades que fueron cambiando con el tiempo o soluciones temporales que terminaron convirtiéndose en la forma habitual de trabajar. Mientras existía margen suficiente en la jornada laboral, estos problemas podían compensarse mediante horas extra o un mayor esfuerzo de los equipos.
Sin embargo, una jornada laboral más corta reduce ese margen de maniobra. Lo que antes podía resolverse prolongando el horario de trabajo ahora exige operar con mayor disciplina y eficiencia. La reforma, por sí sola, no crea estos problemas; simplemente hace visible una realidad que ya existía dentro de muchas organizaciones.
Por esa razón, las empresas que sentirán un mayor impacto no serán necesariamente las que trabajen menos horas, sino aquellas que continúen perdiendo una parte importante de su capacidad en actividades que no generan valor. La verdadera amenaza no está en la reducción de la jornada, sino en mantener procesos que desperdician tiempo todos los días.
En este punto, la conversación deja de centrarse únicamente en la regulación laboral y se convierte en una reflexión mucho más profunda sobre la forma en que las organizaciones operan. Porque, antes de preguntarse cuántas personas adicionales será necesario contratar, vale la pena preguntarse cuánta capacidad ya existe dentro de la empresa y cuánto de ese potencial permanece oculto detrás de ineficiencias que durante años se consideraron normales.
La adaptación comienza antes de contratar más personas
Frente a una posible reducción de la jornada laboral, muchas empresas comienzan haciendo una pregunta que parece lógica: ¿cuántas personas más tendremos que contratar? Sin embargo, esa suele ser la última pregunta que debería responderse, no la primera.
Antes de incrementar la plantilla, es fundamental entender cómo se está utilizando la capacidad actual de la organización. En muchas empresas existe una diferencia considerable entre el tiempo que las personas trabajan y el tiempo que realmente dedican a actividades que generan valor. Esa brecha representa una oportunidad que con frecuencia pasa desapercibida.
Revisar procesos, identificar actividades redundantes y eliminar tareas que no aportan valor suele ofrecer resultados mucho más rápidos y sostenibles que incorporar nuevos colaboradores. Un proceso de aprobación que pasa de cinco firmas a dos, una reunión semanal que deja de realizarse porque ya no aporta información relevante o un reporte que puede automatizarse representan horas de trabajo recuperadas sin aumentar los costos de operación.
Este tipo de mejoras también permite tomar decisiones con mayor objetividad. Una vez que la organización ha simplificado sus procesos y aprovechado mejor su capacidad instalada, resulta mucho más sencillo determinar si realmente existe una necesidad de contratar personal adicional o si el problema estaba relacionado con la forma de trabajar.
Esto no significa que todas las empresas podrán evitar nuevas contrataciones. Existen industrias intensivas en mano de obra, operaciones continuas y sectores regulados donde ampliar la plantilla será una consecuencia natural de la reducción de la jornada. Sin embargo, incluso en esos casos, optimizar primero la operación permite que cada nueva contratación responda a una necesidad real y no a ineficiencias que pudieron haberse eliminado previamente.
En otras palabras, contratar más personas puede ser parte de la solución, pero difícilmente debería ser el punto de partida. Las organizaciones que primero fortalecen sus procesos suelen descubrir que cuentan con mucha más capacidad de la que imaginaban.
Conclusión
La jornada laboral de 40 horas representa un cambio importante para las empresas mexicanas, pero su impacto no será uniforme. Algunas organizaciones lograrán adaptarse con relativa facilidad, mientras que otras enfrentarán mayores costos, presión operativa y desafíos para mantener sus niveles de servicio. La diferencia no estará determinada únicamente por el número de horas disponibles, sino por la manera en que cada empresa ha construido su operación.
Las organizaciones que ya cuentan con procesos claros, responsabilidades bien definidas, una adecuada planeación y una cultura de mejora continua parten con una ventaja importante. Han aprendido a transformar una mayor proporción de su tiempo en valor para el cliente y, por ello, disponen de mayor flexibilidad para enfrentar cambios en el entorno.
Por el contrario, las empresas que conviven diariamente con retrabajo, reuniones improductivas, aprobaciones excesivas, mala coordinación entre áreas o dependencia de personas clave encontrarán mucho más difícil absorber una reducción en la jornada laboral. No porque trabajen menos horas, sino porque una parte significativa de su capacidad ya se pierde antes de que el trabajo realmente comience.
En este contexto, la discusión deja de ser exclusivamente laboral y se convierte en una conversación sobre productividad y competitividad. La verdadera pregunta no es cuántas horas tendrá disponible una organización, sino cuánto valor es capaz de generar con esas horas.
La buena noticia es que la productividad no depende únicamente de contratar más personas o exigir un mayor esfuerzo a los equipos. También puede construirse mediante procesos más simples, decisiones más ágiles y una mejor utilización de los recursos existentes. La jornada de 40 horas puede ser el detonante para iniciar esa transformación.
Las empresas que aprovechen este momento para revisar su forma de operar no solo estarán mejor preparadas para adaptarse a un nuevo marco laboral. También desarrollarán organizaciones más eficientes, resilientes y competitivas, capaces de crecer de manera sostenible en un entorno donde la productividad será, cada vez más, uno de los principales factores de éxito.
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